De las memorias de Gideon Schmidt. La metamorfosis del débil
Me encontraba con Gideon disfrutando de nuestra pequeña tertulia de los Miércoles. El siempre aparecía con puntualidad absoluta a las cinco de la tarde para tomar café y hablar, en principio, sobre casi cualquier cosa.
Ese día lo encontraba particularmente nervioso y distante, ni siquiera tomó asiento y apuraba su café mirando por la ventana hacia ninguna parte. De repente habló.
- Valentina, me gustaría leerle un texto que he escrito, si le parece bien.
Inmediatamente comprendí el nerviosismo que de Gideon emanaba. En conversaciones anteriores me había contado su particular repulsa a mostrar sus trabajos, consideraba que no eran sino vanos intentos de emular a los realmente importantes escritores que había leído. Que sus obras no tenían el acerbo y la inspiración de los grandes y que mostrarlas en público no era sino intentar tapar el Sol con la mano. A mí sin embargo me gustaban mucho sus trabajos, su negativa a mostrarlos de manera pública no era sino una afirmación de su humildad.
- Naturalmente estaré encantada de escucharle.
- En ese caso procederé.
En ese momento tomó asiento a mi lado y comenzó a leer con una voz callada y firme.
- He nacido del barro, de los abismos oscuros de la condición humana. Mi sangre no tiene apellidos, mi escudo no tiene adornos ni blasón. He navegado por todos los mares del sufrimiento, he saboreado todos y cada uno de los males que nos condenan. A pesar de tamaño castigo y confusión, he pasado por todos ellos con la cabeza alta con la sola arma de un sentimiento luminoso y bello. De este modo me he convertido en la Reina sin nombre, aquella que a los ilustres trata de igual y a los inferiores abraza, aquella que comprende que tiene corazón de madre y voluntad de hierro. Así, he sido erigida en forjadora de destinos, en guardiana de sueños, en el vientre sabio que cobija el Mundo.
- Por esta razón heme aquí, en el techo de la Tierra, dispuesta a sellar mi destino desafiando a todas las huestes del Infierno. En la Laguna Estigia los ángeles caídos se levantan, bellos y poderosos rememorando su antiguo pasado celestial. Levantan sus armas furiosos por el osado atrevimiento de una insignificante figura, desnuda y frágil. Al punto Belcebú, general emérito del ejército de Satanás, encabeza las terribles cohortes y agrupa a los serafines en resplandecientes y magníficas legiones. Suenan trompetas de guerra en modo dórico que llenan el aire del olor nauseabundo de la condena con la que la luz celestial sometió a tal ejército disidente. Hiede el aire de envidia, celos, rencor y maldad sin límites.
- Acometen las aterradoras falanges con una rabia sin parangón. La piedra se funde, el metal se convierte en gases putrefactos, el cielo enrojece y el aire reverbera con la fuerza de esta cósmica embestida. Soy atravesada por multitud de espadas, mi cuerpo es desmembrado y reducido a átomos mil veces, pero mi conciencia permanece. Mientras tanto aumenta la furia de los antiguos ángeles a niveles muy por encima de lo humano. Durante una eternidad recibo tal castigo desde una lejana calma, me doy cuenta abrumada, de que no podrán nada contra mí, que el sentimiento que me habita es demasiado poderoso, incluso para tan increíble enemigo.
- Cesa la batalla…Lloran los serafines su insuperable pérdida, la pérdida de su brillante morada celestial. Llora Belcebú, laureado y reconocido caudillo, antiguo príncipe de los Cielos, su condena eterna.
- Me dirijo con el vientre henchido de gozo a los valles donde habita el Hombre, pequeños y seminales Dioses cuya única bendición ha sido la ignorancia y el miedo. Les rodeo con mi manto y calmo su dolor, les cobijo al abrigo de mi pecho rebosante de ternura. Ellos con su balbuceante lenguaje me dan un nombre, me llamarán Amor.
Guardamos silencio durante un minuto, pasado este me dirijo a Gideon.
- Me parece de una épica belleza. Sin embargo permítame preguntarle: ¿porqué una mujer?
- Evidentemente esa pregunta es retórica. Usted sabe que para mí el Universo femenino es el auténticamente humano. Las mujeres saben manejar el Amor y las emociones de una manera muchísimo más evolucionada que nosotros. La función principal del guerrero más poderoso debería ser la de proteger al débil. La función principal del sabio, la de que su discípulo sea mejor que él. Estos conceptos las mujeres los manejan per se, son parte de su naturaleza. Me alegra mucho que le haya gustado mi pequeño texto, ahora debo despedirme, es tarde.
Acompaño a Gideon hasta la puerta y lo observo bajar las escaleras. Veo a un hombre solo con una carga sobrehumana sobre sus hombros. Cierro la puerta y me doy cuenta que ha dejado el texto sobre la silla. Es inútil hacerle ver su olvido, lo ha dejado ahí a propósito. Lo leo con calma y lo guardo con extremo cariño en mi estantería cargada de libros.











